miércoles 30 de septiembre de 2009

El baluarte defensivo de la Torre de San Vicente o Torre de Belem en Lisboa.


La Torre de Belem fue construida en homenaje al santo patrón de Lisboa , San Vicente , en el lugar donde se encontraba anclado un antiguo navío desde donde partían las naves que se dirigían a las Indias. Es por ello que originariamente fue llamada Torre de San Vicente de Belem .Este baluarte perpetuó así en piedra la antigua estructura de madera de la fortaleza de San Sebastián. Como símbolo de prestigio real la decoración ostenta la iconografía propia del estilo Manuelino conjugada con elementos naturalistas a diferencia de la escueta austeridad de las torres medievales. Y es que el rey Joao II ideó una barrera defensiva que consistiría en tres fuertes: el Fuerte de San Sebastián de Caparica, la Torre de San Antonio en Cascais, y una tercera fortificación en Belém. El motivo es que durante la Era de los Descubrimientos Lisboa creció en importancia y se convirtió en una ciudad cosmopolita donde se mezclaban culturas e ideas diversas. La estrategia naval de Portugal en el siglo XVI y las nuevas rutas marítimas hicieron del puerto de Lisboa una escala obligada en las rutas del comercio marítimo y proteger Lisboa era, entonces, una necesidad.A la muerte del rey Joao II, fue Manuel I, su sucesor, quien continuó el proyecto defensivo ordenando construir la tercera torre.El arquitecto a cargo del proyecto fue Francisco de Arruda, asistido por Diogo Boitaca, que por entonces estaba a cargo de la construcción del Monasterio de los Jerónimos. Los trabajos comenzaron en 1514 y se finalizaron en 1520.
Estructuralmente, consiste en una torre cuadrangular que se eleva sobre un bastión con forma de hexágono irregular que apunta hacia el río. Una sencilla pasarela permite acceder desde la orilla y tras atravesar un puente levadizo se entra directamente al bastión. El bastión era la parte destinada a la defensa propiamente dicha y consistía en una gran cámara abovedada con paredes de 3,5 metros de ancho, donde dieciseis aberturas permitían disparar los cañones que todavía hoy se pueden observar. Una abertura central en la parte superior permitía la disipación del humo provocado por la pólvora. Una segunda línea de fuego se disponía en la terraza, donde hay un pequeño santuario con una representación de Nossa Senhora de Bom Sucesso, conocida también como Virgem das Uvas. En los ángulos de esta plataforma sobresalen pequeñas torres cubiertas por cúpulas moriscas y adornadas con figuras de animales. Una de ellas tiene una escultura de un rinoceronte y es la primera representación artística de este animal en Europa. También en un ángulo de la torre se representa la figura de San Vicente. La torre alcanza una altura de 35 metros y consta de cuatro pisos y la terraza. La entrada se encuentra en la cara sur que es la fachada principal que mira al río, la cual destaca por su exquisita decoración. A la altura del segundo piso, un balcón con arcadas y balaustrada muestra reminiscencias venecianas. Dentro de la torre una escalera en espiral da acceso a los tres primeros niveles ;Sala del Gobernador, Sala de Audiencias y Sala dos Reis, que estaban dedicados a funciones administrativas, y en el cuarto piso hay una capilla.
Con el tiempo la estructura fue perdiendo su carácter defensivo original y fue utilizada como aduana, puesto telegráfico, faro y como prisión para presos políticos en el nivel inferior. Declarada Monumento Nacional en 1910, la UNESCO inscribió a la Torre de Belem en 1983 en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad y en Julio de 2007 fue declarada una de las Siete Maravillas de Portugal. Mostramos imágenes de la torre en un dedal , en una postal antigua , en una moneda conmemorativa de la Capitalidad europea de la cultura , una maqueta de forja donada por el Rotary Club de Lisboa para tacto de los invidentes y que se encuentra junto a la torre y la placa que lo recuerda , y finalmente fotografías de la torre que datan de 1863 y de 1957.

martes 15 de septiembre de 2009

Las portadas tardorrománicas del Monasterio de San Vicente de la Roqueta de Valencia.


El templo del antiguo Monasterio de San Vicente Mártir en Valencia conserva, no sabemos por cuanto tiempo más por la desidia rehabilitadora de nuestras autoridades , dos primitivas portadas tardorrománicas de la época de Jaime I el Conquistador en la primera escultura valenciana posterior a la conquista cristiana . Y es que ,como se ha dicho, este monasterio fue fundado por Jaime I al conquistar la ciudad en 1238 para dejar constancia del lugar donde la tradición afirmaba que había sido enterrado el mártir Vicente al que el Rey se encomendó en la conquista de Valencia . Por ello el monarca se reservó el “ius patronatus” del lugar para edificar un conjunto compuesto de iglesia, monasterio y hospital a los que colmó de privilegios y rentas y que planificó en su testamento. Este lugar por tanto se convirtió en un lugar de especial veneración extramuros de la ciudad para los cristianos mozárabes valencianos hasta muy avanzada la dominación musulmana. Los principales restos de aquel templo son las dos portadas mencionadas, una situada a los pies de la actual Iglesia de Cristo Rey que carece de decoración figurativa y otra portada en el muro norte del templo que está cegada actualmente y que debió ser el ingreso principal de la iglesia medieval desde una de las salas del claustro del convento. Esto es así por la riqueza de sus capiteles historiados, por su tamaño y su decoración escultórica. Esta es una portada abocinada con un arco de anchas dovelas cuyas arquivoltas descansan sobre tres columnas a cada lado de fuste liso cuyas arquerías exteriores se hallan recortadas por el forjado del primer piso del claustro estando toda su decoración recubierta por varias capas de pintura que difuminan los relieves historiados. Su estado de conservación es muy deficiente como también lo es el resto del antiguo Convento de San José y Santa Tecla. Estas columnas se hallan numeradas puesto que se ha intentado en numerosas ocasiones el traslado de dicha portada a un museo con lo que se culminaría el insultante expolio de este patrimonio de todos los valencianos que reiteradamente se ha denunciado por las asociaciones vicentinas. En cada uno de los capiteles de las columnas se representan de derecha a izquierda del observador la secuencia narrativa de los tormentos del santo diácono; en el primer capitel San Vicente es azotado por dos soldados romanos, en el segundo San Vicente sufre el martirio del aspa que descoyuntaba sus miembros, en el tercero los verdugos clavan garfios para desgarrar sus carnes, en el cuarto el Santo se halla sobre una parrilla de fuego y Daciano le invita a que renuncie a su fe, en el quinto San Vicente se halla encerrado en un calabozo cuyo suelo se cubre de cristales y un ángel le consuela y en el sexto en cuerpo de San Vicente expira en paz mientras dos ángeles toman su alma.
Es llamativo el contraste de estilo de los relieves de cada lado de la portada pues en el lado derecho son más tensas y sencillas y en el lado izquierdo las formas más complejas dan una apariencia más reposada. En todo caso hay bastante detalle en las figuras representadas y como ejemplo tenemos el verdugo del capitel quinto que se protege con el brazo del calor que desprende la parrilla y el lecho de muerte del Santo donde se reproducen los pliegues de las telas con ondas vigorosas. Y es que esta portada, que se data entre 1240 y 1287, forma parte de la escasa secuencia del tardorrománico de la segunda mitad del siglo XIII en tierras valencianas que dio la bienvenida al gótico. Estos modelos fueron traídos por los maestros del norte que fueron atraídos hacia zona de frontera por la previsión de nuevas construcciones religiosas que cambiaron el marco islamizado del territorio pero lo cierto es que pocos fueron los edificios sobre los que pudieron actuar y entre ellos destacamos la puerta de la Almoina de la Seo de Valencia, la Iglesia arciprestal de San Mateu, los capiteles del Salvador de Burriana y Santa María de Morella y los Santuarios de Santa María del Puig y de San Vicente de la Roqueta. Para explicar su origen muchos estudiosos se han remitido al taller escultórico de la Catedral de Lérida encabezada por un escultor italiano discípulo de Benedetto Antelami.